29 de junio de 2011

SA PUNTA. EIVISSA.




(no) es mi momento

Bajó de aquel avión, ajeno a todo lo que le rodeaba en aquel momento, concentrado en la banda sonora que había escogido cuidadosamente para su llegada, no quería que nada en absoluto le hiciese retroceder en su decisión de volver a pisar aquel suelo.
La última vez que estuvo allí, un remolino de emociones innecesarias protagonizaron su existencia, prefería no pensar en ello, pero en aquel instante todo le traía recuerdos, aquel olor, la gente, tenía miedo de cruzarse con algún viejo amigo. Así y todo, si no le delataba su mirada, nadie le reconocería bajo su nueva apariencia, la vida le iba bien y presumía de ello con su atuendo, cuidadosamente escogido, discreto y, por supuesto, elegante. 
Después de huir de aquel lugar, había decidido que la humildad era lo último en su vida, su orgullo era impecable, ni una pizca de confianza hacía el mundo, sus sentimientos se habían perdido ocho años atrás en aquel amanecer tan amargo, cuando todavía creía que la felicidad era tan simple como rodearse de buenos amigos y conformarse con un trabajo no bien remunerado pero sí satisfactorio. Normalmente, se reía al pensar en ello, pero una vez allí sentía rabia por haberlo perdido todo. Se avergonzaba de sí mismo. La seda de su traje empezaba a darle calor. Había perdido el hilo de la canción que le transferían los auriculares y su maleta empezaba a dar tumbos. Necesitaba una copa. Se acercaba a la salida, al menos no había retrocedido.
Se subió en un taxi, habló en inglés por si aun conservaba alguna pizca de su acento. Se mostró frío, así el conductor preferiría no contarle nada sobre su mierda de día ni sobre el tiempo en la ciudad. Le confesó su destino y el taxista no pudo evitar mirar dos veces por el retrovisor el rostro irreconocible de aquel personaje.
Llegó a su destino y cuando creyó que no le veía nadie, se quitó la americana y el cinturón, luego la corbata y se desató la camisa, lo guardó todo en su maleta de mano, incluyó los zapatos y tiró los calcetines al suelo. Caminó sobre aquellas rocas durante diez minutos, cada vez más deprisa, sintió el frió bajo sus pies mientras percibía el olor a agua con sal. Llegó a su destino, el definitivo, aquel por el cual había abandonado su despacho en el piso doce. Ahora estaba allí, más solo que nunca y con muchas cosas que decir. Se lo contó todo a la brisa que le despeinaba y una vez lloró como un niño, reconoció aquella carcajada como si fuese la suya. Se dió la vuelta. Ella no estaba allí.

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