16 de noviembre de 2010

GUITARRA







Cuerdas



Tras una ávida y añorada lectura de aquel libro tan dulce, recordó la sensación tan extraña que le producía llegar a la última página. Como sabía que esa sensación iba a desaparecer muy pronto, la agarraba fuerte y permanecía a su lado sin decir nada. Tras una eterna e incómoda pausa, se dió la vuelta y la miró, lo habría hecho a los ojos si ella los tuviese y se habría disculpado, pero no era así, ella representaba todas aquellas cosas que había decidido empezar y que nunca había terminado, o simplemente, las que había olvidado nada más decirlas. Inevitablemente, en aquel momento se sintió  ligeramente avergonzada, aunque su rictus firme y orgulloso no le permitió representarlo mediante una tierna y simple expresión facial. Si supiese, se disculparía a cada una de ellas, pero ya no las recordaba, no por ser insignificantes, solo que no le aportaban el beneficio que le aportaron otras. De un modo u otro, las había abandonado tras una serie de palabras esperanzadoras que les hicieron creer que iban a permanecer a su lado para siempre y luego se había esfumado, desaparecido y huido de todo aquello que las envolvía, lo había convertido en una costumbre. A ella todavía no la había podido desterrar, tal vez porque estaba sola o porque no tenía suficiente valor. Un día, decidió clavar aquella guitarra en su salón, en su vida, con la intención de aprender a sacarle jugo, a sacarle música con sus manos, ahora eran sus manos adultas y carcomidas por el tiempo las que la ensuciarían con solo tocarla. Cada vez que alguien cruzaba la puerta de la entrada y la veía ahí, impecable e imponente, le preguntaba si sabía tocarla, durante un instante se lamentaba, no, claro que no sabía. Nunca lo había intentado, era como si no tuviese manos para hacerlo. Era como si aquellas cuerdas fuesen a decirle algo que todavía no estaba preparada para oír, como si pudiesen escupirle sin boca, sin cara, sin expresión, como si pudiese perder algo con ella. Y  fue en aquel preciso momento, cuando su cuerpo tuvo un impulso, sus manos se acercaron a ella lentamente, despacio, y se dejó llevar, estaba a unos centímetros de ella y le temblaron las piernas, la desprendió de su soporte y la alzó temblorosamente para ponerla entre sus brazos, tras una silenciosa pausa deslizó los dedos sobre una de aquellas cuerdas, sonó estridente, y fue cuando de repente sonrió aliviada, sin querer.

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