Coges un libro y decides empezar por dónde lo dejaste la última vez, con la punta del dedo índice subrayas cada palabra que lees para no desconcentrarte y, sin embargo, llegas a la última palabra de la hoja sin saber qué has estado leyendo. Ni siquiera una pistola en la sien conseguría que adivinases el contenido de esa página. ¿Dónde has estado mientras?
La taza de café quema en exceso y lo sabes porque desprende humo. Tu impaciencia te incita a comprobarlo y cuando tu piel entra en contacto con ella, un impulso te hace retroceder rápidamente. Esperas un momento. Vuelves a comprobarlo y esta vez introduces el dedo en su interior, pero te decepcionas al comprobar que ya es demasiado tarde, tibio. ¿Cuánto tiempo ha pasado realmente?
Hago uso de la extrapolación y me encuentro pensando en el tiempo en el que paso en ningún lugar preguntándome cuál es mi punto de vista real.
Cuando se trata de clases teóricas, todos somos expertos y todos los puntos de vista sirven como una opinión objetiva si difieren de la nuestra propia. En cambio, una mínima coincidencia en el momento oportuno se convierte en una señal.
A veces hay que comprobar qué hay detrás del cristal antes de mirarnos en él, presentir que el café está demasiado caliente para beberlo o simplemente saber en qué lugar se encuentra nuestro subconsciente.

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